martes, 14 de octubre de 2008

INODOROS

Bueno, como sabemos que el arte del miniaturismo imita a la realidad, y como otra de mis aficiones es la historia, os pongo primero en antecedentes... sobre el origen de los inodoros... así como alguna que otra curiosidad... realmente interesantes....

Desde relativamente pronto, el hombre fue consciente de la insalubridad de estar expuesto a sus propios excrementos, y los pueblos más primitivos ya tenían cuidado de, al menos, alejarse de los lugares de vivienda para hacer sus necesidades. Sin embargo, con la aparición de los primeros núcleos de población, eliminar los excrementos empezó a convertirse en un verdadero problema — no sólo por la incomodidad, la falta de intimidad o el olor, sino también por el problema de contaminación del agua potable y la propagación de enfermedades infecciosas.

La primera solución a este problema fue la letrina: un agujero en el suelo, normalmente en el interior de una pequeña estructura para proporcionar intimidad. A menudo, el agujero conducía a una cámara más o menos grande. Cuando se había llenado, se cerraba y se abría otra en otro lado, y así una y otra vez. En algunos lugares, las letrinas eran colectivas; en otros, cada núcleo familiar tenía la suya.

Los romanos eran muy aficionados a los baños públicos, y sus termas existen en muchos lugares de Europa. Lo mismo sucede con sus latrinas, que a pesar de llamarse así son mucho más parecidas a nuestros sistemas modernos que a una primitiva letrina (agua corriente bajo el asiento elimina los residuos). Lo curioso de las latrinas romanas es que, en muchos lugares, están agrupadas en habitaciones públicas, lo cual parece sugerir que la actividad era, en algunos casos, social, en vez de algo –como nos sucede ahora– de lo que avergonzarse y ocultar. Curioso, ¿verdad?

"Latrinas” públicas romanas en Ostia Antica.

Pero con la caída del Imperio muchos de los avances en ingeniería romana se perdieron en gran medida: los europeos volverían a las primitivas letrinas, y el concepto del alcantarillado se perdería en el olvido durante siglos. El problema, además, se agravaría según avanzaba la Edad Media por el aumento de población. En los pueblos, las casas solían tener su letrina en una caseta cerca del edificio principal, pero ¿y en las ciudades? Solían hacer sus necesidades en recipientes de loza o metálicos, y luego echarlos por la ventana a la calle.


Llegamos ya al siglo XVI, cuando Sir John Harington desarrolla un sistema bastante parecido –salvo en un aspecto fundamental– a los actuales: un asiento con cisterna y que se vaciaba con el agua de ésta al accionar un mecanismo. Harington, que formaba parte de la corte de la Reina Isabel I de Inglaterra, ofreció su invento (que denominó “El Áyax”) a su soberana. Me pregunto cómo sería la conversación. Isabel (que era, además, la madrina de Harington) construyó uno en el Palacio de Richmond, aunque no lo usaba demasiado: al parecer, hacía demasiado ruido, no me preguntes cómo ni por qué.

Sir John Harrington

La solución la dio Alexander Cummings, un relojero de Londres, en 1775 con su patente 814: el sifón. El sistema es simple pero eficaz, y consiste, como probablemente sabes, en una tubería en forma de S. Cuando el agua pasa por el sifón, la parte inferior de la S siempre queda con algo de agua, que actúa de cierre hermético del resto de la tubería (que conecta, tarde o temprano, con la alcantarilla). De este modo, los gases que pueda haber “al otro lado” no pueden salir, y es posible instalar todo el invento en la casa. De ahí el nombre de inodoro: a partir de Cummings, el olor dejaría de ser un problema insoluble.


Pasarían años hasta que el público en general pudiera disfrutar de los inodoros: al principio fueron instalados en lugares públicos, como el Palacio de Cristal de Hyde Park, en Londres. Los londinenses, impresionados, acudían a utilizar este prodigioso invento al palacio. Allí, funcionarios vestidos de blanco los recibían y cobraban el penique que costaba sentarse en uno. De hecho, en Londres se extendió la expresión “voy a gastar un penique” para referirse a lo que te estás imaginando.

El Palacio de Cristal en 1851.

Finalmente, en la década de 1880 Thomas Crapper empezó a fabricar inodoros baratos y de gran calidad, lo cual hizo que se extendieran por muchas casas. Su diseño era ya muy parecido al nuestro: una cisterna que se llena de agua y tiene un tapón; cuando se tira de la cadena o se acciona la palanca se destapa la cisterna, y el flotador cierra la entrada de agua cuando la cisterna se ha llenado de nuevo.
De modo que, estimado lector, propongo que la próxima vez que estemos sentados en uno, sin moscas, contaminación del agua potable, olores peores que los inevitables ni reflujo de aguas negras, en la comodidad de nuestro propio cuarto de baño, dediquemos unos segundos de agradecido silencio a Crapper, Cummings, Harington y los anónimos inventores de Roma. La vida sería bastante más incómoda sin su labor.

Bien, y después de este extracto de historia, como no, en nuestras casas de muñecas no podíamos dejar de reflejar una realidad existente ya en las casas victorianas. En estas épocas los inodoros eran de cisterna alta y requerían menos cantidad de agua para funcionar, este es el inodoro de la Casita de Gaia:
La mayoría de los inodoros son de tipo pedestal, constan de un asiento fijado al suelo mediante bulones u otra pieza removible, disponen de una cisterna baja, situada detrás del asiento con un mecanismo de llenado, con una válvula de nivel, que corta la entrada de agua cuando llega a un nivel determinado, y de otro de descarga, accionado por el usuario. Os enseño el inodoro de la casita de Valeria,


Y aqui teneis el de la casita de Gema... ya os presentaré las estancias completas en sucesivas ocasiones....

Gracias a la fontaneria, los cuartos de aseo han avanzado una barbaridad... pero observad la decoración de las cisternas y tazas... con flores o guirnaldas de flores... a finales del siglo XIX, se buscaba la unión de la practicidad y el adorno... útil y bonito...

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